La pieza del mes de Noviembre´11: Niñas en el mar.1909. Joaquín Sorolla

Niñas en el mar. 1909. Museo Sorolla.

 por Ana Belén Martín Flores

  Y finalmente llegó junio, Sorolla pudo volver otra vez al mar, a su Mediterráneo, a su luz, su calor y a la alegría de sus gentes….

 Quizá esto pensaba Sorolla ese verano de 1909 cuando volvía de un intenso recorrido por tierras estadounidenses porque su amigo, el hispanista Archer Milton Huntington, le enredó para hacer una gira por las exposiciones de las principales capitales de los Estados Unidos y así darse a conocer mejor dentro del mercado norteamericano. Aunque Sorolla, en un principio, se mostró un tanto cauteloso ante la idea, la gira resultó ser todo un éxito y le reportó más fama aún y una gran notoriedad internacional.

 Y al fin volvió a su adorado mar, tal como hacía durante los meses estivales y pudo reinterpretar, una y otra vez, con su caballete plantado a las orillas de la playa valenciana y durante intensas jornadas, los temas que más le gustaban: el mar mediterráneo, la luz dorada del sol, los niños….esas pequeñas cosas que le aportaban una gran alegría cuando tranquilamente las veía desde la orilla.

En este caso, en Niñas en el mar, ¿qué veía Sorolla? y ¿qué vemos nosotros? Nos encontramos dos niñas andando cerca de la orilla, pues el agua no les llega más que a las pantorrillas. Una de ellas, la más alta, es de una edad de entre cinco o seis años con su bata rosa y un lazo rojo en su pelo. La otra más pequeña, quizá de tres añitos con una bata blanca medio mojada que se agarra a su hermanita o a su amiguita porque ella sabe el mar tiene fuerza y a veces te lleva… se ve que ambas llevan cuidado. Parece que las dos están contemplando el agua, quizá su movimiento o como sus pies parecen agrandarse debajo de esta, ¿o están mirando los pececillos que les hacen cosquillas en las piernas…? Pero, si os podéis fijar mejor hacia el lugar donde la chica más alta está mirando se puede ver entre tantos matices de azul y de verde una pincelada de rojo… ¿Qué será? ¿Un pez rojo? ¿En la orilla del mar? No puede ser. ¿Será algo que las niñas han tirado para jugar a recogerlo? ¿O será que se les ha caído algo? ¿Quizá el lazo rojo de la coleta izquierda que la más pequeñita llevaba? Sí, eso es lo más probable.

 Esta escena de la vida cotidiana que incluso la podemos vivir nosotros hoy en día, es lo que pintó Sorolla en ese día de verano en la playa. Algo común,  sencillo, pero expresado de tal manera que pareciera como si esa estampa tan cotidiana se engrandeciera simplemente por su sencilla y tierna belleza.

Sorolla era un buen dibujante, capaz elaborar bocetos o apuntes con una gran rapidez. Porque para él, nada se detenía, todo estaba constantemente moviéndose y más aún el agua del mar. Y es que para captar esos momentos, esos instantes únicos había que ser rápido. Casi como un fotógrafo que estuviese detrás de esas niñas capturando el momento. Y eso es lo que parece. Porque, si os fijáis, no veis el horizonte, ni la orilla, ni la arena, sólo los diferentes azules del mar y sus ondulaciones rodeando a las dos niñitas. Y es que Sorolla era un pintor de instantáneas y sin necesidad de utilizar una cámara fotográfica sino con bloc en mano rápidamente lo captaba todo y luego lo pasaba al lienzo que, sobre el caballete, le esperaba en la orilla.

Y así aportaba a la pintura una nueva mirada, la de un hombre de su tiempo que se interesaba por la fotografía porque, aun sin ser un aficionado de ese todavía nuevo arte, Sorolla tuvo oportunidad de trabajar con Don Antonio García, famoso fotógrafo y padre de su futura mujer, cuando tenía quince años como iluminador de fotografías.

Había aprendido a mirar el mundo con los ojos de un fotógrafo, captando nuevas perspectivas como esta, en oblicuo, pero manifestándolas con pinceles.

 Esta obra la podemos encontrar en el museo que lleva su nombre en Madrid. El que venga a la capital se puede acercar a verlo y pasar un agradable momento en sus jardines, hacer un recorrido por la que fuera su casa y ver otros cuadros tan maravillosos como este.

Inmaculada muy generosamente me ha invitado a participar en su blogg, he escogido esta obra precisamente porque fue realizada cuando ya era conocido, alabado y podía pintar lo que más le gustaba, como vemos en este cuadro. Una instantánea del mar y sus diferentes tonos de azul y verde, el viento que mecía sus aguas, los reflejos vibrantes del sol en su superficie y el de las siluetas de estas dos niñas.

Y el movimiento, siempre el movimiento…y es que, que se le iba a hacer, si él nació en el Mediterráneo…

Ana Belén Martín Flores

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